Wimbledon 2008: una batalla inmortal
Fue insólito. Aquella final jamás, en el sentido más estricto, será olvidada. Es imposible. La combinación perfecta de caballerosidad, talento, pundonor y grandes dosis de magia. Y cabe decir que el tenis nos tiene acostumbrados a ello, que, incluso, no era la primera vez para sus dos protagonistas. El All England Tennis Club y su hermoso tapiz verde fue el escenario idóneo para tan salvaje y vibrante espectáculo.
Cuentan que el deporte es capaz de despertar emociones que muchas otras cosas ni siquiera hacen que nos acerquemos a ellas. Pues bien, aquella tarde seguro que descubrimos el abanico emocional más amplio e inverosímil.
Nadal: fuerza, garra, lucha y entrega. Federer: elegancia, finura, sencillez y letalidad. Wimbledon: simplemente, el Olimpo.
Todos los ingredientes se fundieron en una simbiosis perfecta. Actuando como una reacción química fulgurante, la cual duró 4 horas y 48 minutos, dando como resultado el mejor partido de tenis de todos los tiempos.
Como un escrupuloso guion de la mejor trama de una película épica, así transcurrió todo. Los dos factores determinantes de toda batalla deportiva vividos en su máxima expresión: la victoria de un joven de 22 años que destronaba el trono del Gran Rey. Ni la lluvia quiso perderse tal hazaña.
Pero más allá de ese desenlace, del arrojo descarado de Nadal convirtiéndose en explosión de júbilo y el esfuerzo brillante de Roger reducido a resignación, hay que señalar la obra que ambos construyeron y, que antes de tener fin, ya ocupó su lugar privilegiado en la historia. Tal circunstancia, la vuelve, sencillamente, inmortal.
